martes, 13 de abril de 2010

BRASIL

Los rayos de sol parecían resbalar perezosamente hacia fuera de aquella habitación. Los vivos colores verde y amarillo de las paredes y puertas empezaban a difuminarse. El ruido monótono del aire acondicionado amortiguaba las alegres notas de samba que provenían de la habitación contigua. A través de la ventana abierta de par en par se colaban una variedad de olores fuertes y especiados provenientes de la churrasquería situada tres pisos más abajo, en el edificio de enfrente, al otro lado de la calle. Esos efluvios y un ritmo de forró machacón, mediante guitarra y acordeón acompañados de una voz recia y alegre, parecían ser las mejores cartas de presentación de dicho establecimiento de comidas.

Dentro de la habitación, se mascaba la tensión. El calor era intenso y la sensación de humedad lo hacía insoportable.
Luis permanecía callado con una sensación agridulce y con el ceño fruncido. Estaba tendido en la cama, con la mirada perdida, dirigida hacia la ventana como queriendo evadirse. A su lado, una mochila sin deshacer de 30 kilos yacía perezosa en la moqueta raída de color verde.
Jordi, recostado en la cama del medio, seguía dando intensas caladas con íntima satisfacción a su cigarro puro. Parecía que nada de todo aquello le inmutara. Se había visto forzado a tomar partido, pero lo había hecho casi sin hacerlo, sin evidenciarlo, sin romper amarras. Como flotando por encima, pero dejando una huella pequeña y débil, pero una huella al fin y al cabo.

Pablo le observaba estupefacto, sin entender del todo la imprevisible y extraña atmósfera creada. Los acontecimientos se habían decantado en su contra por primera vez. No podía disimular su crispación, cuando escrutaba la aparente impasibilidad de Jordi. Todo en él emanaba una calma y apacible indiferencia, como si nada hubiera pasado momentos antes. Se entretenía con las formas creadas caprichosamente por el humo expulsado con suavidad. Con cada voluta de humo creada parecía sugerir su predisposición a olvidar cuanto antes lo sucedido y allanar la situación creada.
Parecía verle por primera vez. Estaba redescubriendo a aquel amigo, al que años atrás ayudó a encontrar un trabajo .Le solía invitar con regularidad a sus fiestas de verano, especialmente la que celebraba para su cumpleaños, mediante un crucero por la Costa Brava en su mallorquina. No podía entender, ni transigir aquella postura que había mantenido elegantemente sin perturbarse; y que para él había supuesto una bofetada en toda regla. Ya tendría tiempo de arreglar las cuentas.
Su incisiva mirada saltó de súbito y se posó de lleno en la otra cama. Luis seguía recostado .Ahora le daba la espalda. Y parecía rezumar mayor tranquilidad que antes. Aún así, no consiguió aplacar la cólera que sentía y que le corroía por dentro. Minutos antes habían protagonizado un vibrante duelo dialéctico. Uno más, cuando no le concedían la razón. Pero siempre solía imponerse con maestría. Era un buen fajador. Y además conseguía aunar con resuelta facilidad las voluntades de los demás. Pero esta vez algo se torció y no conseguía entender el motivo de ese cambio de actitud, que para él, entendía como deslealtad de Jordi.

Repasó mentalmente los acontecimientos de los días pasados. Antes de salir de Barcelona, les había mostrado su plan de viaje. Les explicó con detalles las diferentes paradas en las ciudades del Nordeste, casi virgen para el turismo de masas. Les insufló ilusión. Estaban encantados y habían aceptado sus sugerencias desde que llegaron a Rió procedentes de Barcelona. Primero pasarían tres días en Río, verían el Cristo del Corcovado, el Pao de Azúcar, las playas de Copa cabana, Ipanema, Leblón etc. Y ya tendrían tiempo de verlo con más calma a la vuelta, pues la salida sería desde allí. Luego irían a Salvador de Bahía, y se perderían por el Pelourinho, el mercado central y cogerían un trasbordador par ir a la isla de Itaparica y pasar allí el día. El plan era bueno, aunque un poco cargado dijo Luis, pero se decidió sacarlo adelante. Durante el viaje a Itaparica conocimos a Juan, un hombre de mediana edad, de origen español que al oír hablar catalán se dirigió hacia nosotros. Nos relató emocionado su historia en Brasil, la llegada junto a sus padres con la inmigración de la posguerra, los duros tiempos iniciales, la creación de su empresa de repuestos de automóvil. Nos presentó a su familia y nos recomendó con entusiasmo que visitáramos en el Nordeste, las ciudades de Fortaleza, Maceio, Recife, Natal, todas ellas no muy grandes, pero con playas vírgenes. Apuntamos los nombres sugeridos de los locales de ocio en una servilleta de


papel. Estábamos eufóricos por conocer otros lugares y vivir nuevas experiencias. Y Pablo se sintió respaldado en su plan.
Pero una tarde en Maceio, Luis y Jordi conocieron dos chicas en la playa. Nos reímos mucho, pues no sabíamos hablar mucho portugués y a pesar de los gestos se creaban algún malentendido. Como aquel, en que Jordi para hacerse el simpático les preguntó si conocían el flamenco, a lo que Luciene contestó muy segura de sí misma y con una amplia sonrisa una retahíla de nombres de jugadores del Flamengo. Nos partimos de risa al ver la cara de estupor que se le puso a Jordi.
Por la noche quedamos con ellas en el Lampeao para cenar y escuchar música certaneja. Bailamos y bebimos caipirinhas hasta muy tarde.
A la mañana siguiente, ni Luis, ni Jordi querían irse a Fortaleza como estaba previsto. No entendía porqué. En cada ciudad conocían chicas, se divertían y las olvidaban. Ese era el Plan. Y ahora estos sentimentales habían perdido la cabeza, pensó Pablo. Eso había pasado y contra eso no cabía la razón. Debía emplear otras armas para corregir la situación. Maquinó pasar la mañana en la Playa del Francés donde Juan nos había hablado de chicas guapas y langostas baratas.
Luis se removió inquieto en la cama y se irguió. El ruido de la cama al crujir interrumpió la cadena de pensamientos de Pablo.
Rompió el silencio dirigiéndose a Pablo:
_Mira Pablo, ni Jordi ni yo estamos en contra de ti. No nos hemos asociado para orillarte. Es sólo que…
_Ya. Que os habéis enamorado de dos niñatas. No insultes mi inteligencia. Tan cretino me crees?
_ No te lo tomes tan a pecho. Intercedió Jordi recreando un corazón fugaz.
_Como que no?. Graznó y se le acercó de un salto para palmotear la romántica voluta de humo.
Jordi le hizo un gesto de resignación. Empezó a decir algo cuando Pablo prosiguió con su diatriba.
_Pero cómo es posible que por dos niñas cambiemos nuestro plan y me propongáis quedarnos más días en Maceio?. Tenemos más ciudades que visitar. Más personas que conocer. Más lugares que descubrir.
_Crees que por ver muchas cosas en poco tiempo podrás disfrutar?. Las podrás saborear con intensidad?.Podrás disfrutar las vivencias con plenitud?. Podrás…cuestionaba Luis con énfasis cuando Pablo le interrumpió.
_ No me sermonees con tu filosofía barata. No estamos en Barcelona y aquí hemos venido a pasarlo bien sin estr…
_Pues por eso mismo, sin estresarnos. Cortó Luis oportunamente, al ver que Pablo no acertaba a terminar la palabra.
_ No iba a decir esto precisamente. Me refería a no estrujarnos los sesos. Rechinó entre dientes.
_Bueno, ya está bien. Creo que estamos algo cansados por la aglomeración de acontecimientos que hemos vivido estos últimos días y nos falta un poco de visión, y también de paciencia. Cuando se discuten de temas importantes no es bueno hacerlo con el estómago vació. Terció Jordi.
_Buena idea. Vamos a tomarnos una Skoll y unos espetiños. Dijo Luis a la vez que dando un salto desde la cama se plantó al lado de la ventana y olisqueó con exageración hacia la calle.
_De acuerdo. Pero solo si vamos a la churrasquería de enfrente. Concedió Pablo altivo.
_ Jordi y Luis se miraron con complicidad y accedieron, no sin antes simular que lo estaban debatiendo.
_Bajaron los tres pisos del Hostal por las escaleras de tres en tres. El suelo cubierto de moqueta verde. Las paredes pintadas de amarillo y en cada rellano grandes letras de azul marino: Ordem e Progresso. Todo el edificio recordaba una gigantesca bandera de Brasil. Apenas cruzaron el umbral de la puerta, se miraron y sonrieron al unísono al percibir las alegres risas que venían de las mesas de enfrente. Enseguida Pablo distinguió una mesa de tres que le heló la sonrisa.