Erase una vez un pequeño pueblo llamado Kista de los alrededores de Estocolmo, en pleno invierno, allá por los primeros años del siglo XXI, en el que un niño llamado Genaro, de unos doce años de edad, destacaba entre los demás compañeros de juego por sus rasgos físicos meridionales. Mientras él era moreno, pequeñito, nervudo y tenía unos ojos de color avellana que te devolvían una mirada vivaracha. Los demás niños eran más altos, fuertes, rubios y con la mirada transparente de ojos claros. Se sentía como el patito feo del grupo. Lo que en la práctica parecía una desventaja, era una clara ventaja, pues le hacía esforzarse más que los demás niños en cualquier tarea que le propusieran, y lograba mayores éxitos.
Estaba jugando con otros niños del colegio en una jornada festiva, que llamaban “El día de La Diosa Nieve”.
Estaban de excursión en una zona montañosa y con unos paisajes muy bonitos. El sol lucía espléndido e invitaba a disfrutar de la naturaleza. Había nevado una semana antes y las pequeñas cumbres por las que correteaban estaban cubiertas por un manto nevado. Apenas se podía discernir el suelo en el que pisaban, y se hundían constantemente en la nieve hasta casi la cintura, lo que les facilitaba coger la nieve con las dos manos y hacer una bola compacta que se tiraban una y otra vez. Casi siempre acertaban pues estaban muy cerca y se movían con lentitud, ya que estaban casi trabados en la nieve. Parecían los muñecos de una inmensa bolera.
Así, a Genaro se le ocurrió que si subía en lo alto de la colina podría tirar las bolas con más fuerza desde arriba y sus amigos no podrían elevarlas tanto, además notó que podía moverse con mayor agilidad, pues no había tanto grosor de nieve como en la ladera.
Sonrió y siguió corriendo hacia arriba rodeando la montaña para sorprenderles. Cuando de pronto dio un traspié y se cayó de espaldas. El manto de nieve se hundió bajo el peso de su espalda y su cuerpo se deslizó unos segundos como por un tobogán hasta aterrizar con un golpe seco en una superficie dura formada por piedra y tierra. Se desvaneció y perdió el sentido durante un tiempo que no recordaba. Cuando abrió los ojos apenas podía ver nada y le invadió un miedo terrible, pues nunca había soportado demasiado bien la oscuridad. Intentó calmarse. Recordó después de un tiempo, que sus ojos se acostumbrarían a la penumbra y podría ver donde estaba. Así podría planear como salir de allí y reunirse con sus amigos.
Oyó una voz clara que surgió desde su interior:
_“No tengas miedo. Estoy contigo y te protegeré”.
Se sintió más aliviado pues ya la conocía de antes. Le había puesto de nombre El Plasta, por lo pesado que se ponía con los consejos. Era su compañero de juegos. Siempre salía en su ayuda cuando la necesitaba, cuando tenía miedo. Sobre todo, cuando al llegar la noche tenía que ir a dormir a su habitación del piso superior de la casa completamente solo. Entonces El Plasta, le hablaba y calmaba con sus palabras y buenos consejos.
Poco a poco, sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra y pudo vislumbrar que estaba en una pequeña sala hexagonal. En el vértice de su derecha había una pequeña plantación de helechos grises. En el vértice opuesto, había una plantación de arbustos con bayas de diferentes colores que nunca había visto. Enfrente había varias figuras geométricas, un monolito de forma cónica, cubos, pirámides, etc. Todas ellas suspendidas en el aire y finamente talladas, de una gran belleza y luminosidad. Se volvió hacia atrás y vió a pequeños y peludos animales que correteaban nerviosos.
Otra vez escuchó la voz de Plasta de su interior que le dijo que no se asustara y que estuviera preparado para lo que iba a suceder. Aún así se sobresaltó cuando se le acercó con cautela una especie de animal pequeño que tenía dos patas y caminaba como un pollo, su cuerpo era una calabaza y en un extremo le sobresalía la cabeza de un ratón. Se paró delante de él, le olfateó y momentos después escupió en el suelo 7 semillas de calabaza, que formaron los vértices de un hexágono, con una de ellas en el centro del mismo.
La semilla del centro se izó un palmo, suspendiéndose en el aire desde el suelo y formando un polígono. Un ruido seco surgió de su interior y al momento empezó a fluir con rapidez un gas amarillento, con fuerte olor a mostaza, que le envolvió y le produjo un fuerte estornudo y picores en los ojos. Al instante los cerró cubriéndoselos con las manos. Cuando los abrió, surgió del interior del polígono un extraño y pequeño ser que le observaba con curiosidad. Su cabeza redonda estaba completamente pelada. Le sobresalían dos tallos finos de margaritas de la parte superior de la cabeza a modo de antenas. Tenía unos ojos saltones y anormalmente enormes para su tamaño. Sus alargadas orejas le colgaban hasta la cintura y no tenía piernas, pues no las necesitaba. Estaba suspendido en el aire.
Estaba a punto de gritar de terror, cuando oyó, de nuevo a El Plasta que le decía:
_ No te asustes. Solo quiere ser tu amigo y conocerte.
Se quedó extrañado mirándolo con curiosidad él comenzó a mover las orejas como si fueran brazos al tiempo que seguía percibiendo una voz desde su interior. Esta vez con más claridad y resonando en su cabeza:
_Genarogz no te asustegz, cof,cof. Pareció que se aclaraba la garganta y sonó con más claridad:
_ Tranquilo. Eres nuestro elegido para iniciar la aventura más grande y maravillosa que te puedas imaginar.
Yo soy el máximo representante de la GCU, La Gran Conciencia Universal. Cada 2000 años seleccionamos a una persona “especial “ para guiar y reconducir a la humanidad por la senda correcta. Ya sé que te parecerá mucho tiempo, pero para nosotros no és más que una pequeña fracción de segundos en nuestra Memoria Colectiva.
La última vez, hace 2000años el mensaje propagado fue “Amaos los unos a los otros”. Si bien, no lo hemos conseguido totalmente, al menos, hay menos guerras. Se ha avanzado mucho, pero ya no podemos esperar más. La naturaleza se está degradando. Las especies marinas se quejan de la pesca intensiva y de la contaminación del mar producido por los vertidos de los petroleros. Las aves se preocupan de la contaminación del aire y de los pocos espacios húmedos que conservan. La fauna animal de África se siente prisionera en las reservas. Los árboles están tristes de que se les tale para construir autopistas o vías de ferrocarril para que invadan y contaminen sus bosques. Además están hartos de que se ignoren sus sentimientos y no se aprecie su inteligencia.
Al oír esto, las plantas y arbustos plantados en las dos esquinas de la sala aplaudieron con sus ramas y hojas, como si oyeran la conversación.
A Genaro le fascinó descubrir en las plantas un lado inteligente. Estaba acostumbrado a ellas desde pequeño. Su familia se había mudado desde El Masnou, en el Noreste de España, cuando tenía dos años para ir a vivir a Kista, un pueblecito del sur de Suecia y su padre cultivaba flores, plantas y pequeños arboles en un vivero que luego vendía a los ricos que tenían sus segundas residencias en las afueras de Estocolmo.
Siempre al salir del colegio iba a ver a su padre y se interesaba por alguna nueva planta o exótica flor que su padre conseguía crear mediante cruces y experimentos genéticos. Se preguntaba ahora cómo les afectaría y que pensarían de estas manipulaciones genéticas. Sus pensamientos quedaron interrumpidos por la voz de La Gran Conciencia:
_ Genaro, vuelve con tus amigos y no cuentes a nadie lo que aquí has visto y oído. Ayudarás a transmitir el amor por la especie vegetal que aquí te hemos mostrado. Cambiarás la percepción y los sentimientos que los hombres tienen de las demás especies. Empezarás con tus amigos y ellos a su vez lo repetirán con sus padres y sus padres con sus amigos, y así sucesivamente las Nuevas Ideas se expandirán como una mancha de aceite. Les enseñarás a respetar el Medio en el que vivís. Y lucharás contra la contaminación de los ríos, de los mares y de los bosques.
Ayudarás a iniciar una nueva Era de las Especies, que desembocará en la convivencia respetuosa entre todas las especies. Aprenderéis unas especies de las otras. Y conviviréis con justicia, paz y armonía.
_ Pero cómo puedo hacer esto yo solo?. Le preguntó Genaro.
_Siempre estaré contigo para darte consejos y ánimo. Le tranquilizó la GCU.
Antes de salir Genaro miró a las plantas que se balancearon a modo de saludo y volvió su mirada al extraño ser que le había estado hablando pero en su sitio había un pequeño abeto en forma de polígono.
Salió para encontrarse con sus amigos que le recibieron con abrazos y muestras de alegría. Se maravillaron de tenerle de nuevo con ellos para seguir jugando. Aunque algo en Genaro les sorprendió. Ya no tenía la mirada vivaracha de color de avellana. Genaro lucía una extraña y serena mirada. Profunda y con gran determinación.
Lanzó una mirada a los grandes abetos que poblaban las montañas y les transmitió comprensión y complicidad.
Luego miró al Cielo.
Había cambiado por dentro.
Se sentía especial.
Había encontrado su lugar en el mundo y sabía lo que debía Hacer.
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